Rosas negras (3) Final {Definitivo}
[...]
Desperté no sé cuánto tiempo después en el hospital tras un largo periodo en estado vegetativo. Estaba desconcertada, no sabía dónde me encontraba. Miraba a un lado y a otro, observando cada rincón de la habitación de camas y paredes blancas. Junto a mí tenía a 6 jóvenes que tendrían mi edad más o menos, y que curiosamente se encontraban en el mismo estado en que yo había estado en escasos momentos.
Dormían.
Algún tiempo más tarde salí del hospital, quedándome únicamente con unas llaves y una dirección. Cuando llegué a mi destino, abrí la puerta y miré a mi alrededor. En el buzón ponía mi nombre: era mi casa.
Entré desorientada, muy despacio.
Aún recordando vagamente algunas imágenes que carecían de significado para mí en ese momento, podía notar el vacío que tenía por dentro; esa gran laguna que recogía todos los momentos de mi vida y que debía recuperar.
Me deslicé frustrada por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Miraba al frente haciéndome estúpidas preguntas sin poder hallar las respuestas.
Con lágrimas en los ojos, permanecí aturdida varios días sin saber qué hacer, qué decir o dónde ir. Sin ganas de averiguar nada, sin comer...
Así pues, llegó un día en que sí supe qué hacer: pregunté todo lo que sabían de mí, incluidos los médicos, que me dijeron dónde me encontraron.
Cuando volví a casa, me puse a removerlo todo. Vi todos los álbumes de fotos para así saber algo de mi pasado, busqué apuntes para saber qué estaba haciendo... Pero lo que realmente me importaba era cualquier indicio de que hubiera estado donde me habían encontrado los médicos y el por qué estaba así allí.
Entre papeles encontré un pico de un sobre. Tiré de él y leí: "Sierra Nevada"
-¡Al fin!- exclamé.
Era un sobre que me había mandado una tal Isabel. Era de donde me dijeron los médicos, así que leí:
¡Hola!
¡Mira lo que he encontrado! Sería muy buena idea que fuéramos
Vanesa, Pablo, Miriam, Israel, Jesús, tú y yo a esta pequeña casita
de la foto que te dejo. ¡Podríamos pasar allí unos días y descansar
de la rutina que se apodera de nosotros!
Ojalá puedas, creo que si vamos pasaremos grandes momentos todos
juntos.
¡Muchos besos!
-Qué extraño...- dije.
Con esta carta en la mano me dirigí al hospital de nuevo. Esos nombres... Eran sin contarme a mí 6, justamente el número de jóvenes que había en mi habitación del hospital.
Llegué y efectivamente, eran ellos. Las enfermeras me confirmaron que esos nombres eran suyos. Días más tarde, fui a la casa de la foto del sobre.
Al entrar, ese olor que rasgaba mi garganta me era familiar. Todo estaba polvoriento, llevaba mucho tiempo sin habitar. Con cada paso se levantaban unos centímetros de nube de polvo y rozaba mi cara toda aquella humedad igualmente familiar. Subí y me dio una punzada en el corazón. Bajo los pies de cada cama, en el suelo de madera, había una gran mancha negra.
Seguidamente y a gran velocidad, bajé las chirriantes escaleras, topándome con la cocina. Y con ello, encontrándome con una jarra que tenía una rosa grisácea seca en su interior. El tiempo parecía haberla descolorido. Me quedé quieta y recordé de repente la antigua escena que había vivido escasos meses atrás en esa misma posición.
Aún quedaban restos negros en el suelo que provocaron en mí un escalofrío.
Noté una sensación muy extraña.
Clavé mi mirada en la rosa, recordando que antaño había sido negra como el carbón. Pasados unos segundos, salí sin dudarlo afuera y corté de uno de los rosales una rosa negra. Su sangre salpicó mi ropa y de nuevo me persiguió esa sombra negra que se deslizaba por el suelo. Decidí permanecer tranquila y totalmente quieta observando lo que sucedía.
Terminó rodeándome dejando un par de centímetros entre mis pies y el líquido. Podía pasar cualquier cosa.
Me armé de valor para continuar quita y no pude evitar que se me encogiera el corazón. El liquido comenzó a acercarse más y más y llegó a mis pies.
Cerré los ojos y los apreté con fuerza sin saber lo que me esperaba.
Como la última vez que estuve en la casa, se apoderó lentamente de mi cuerpo, subiendo desde lo pies hasta el pecho y los brazos. Mi corazón latía a gran velocidad, yo temblaba...me faltaba el aire y una gota de sudor me recorrió la cara hasta caer al suelo. Me mareé por momentos, y justo cuando iba a caer al suelo abrí los ojos y vi una sombra humana esconderse. ¡Me estaban observando!
Algo cayó al suelo de repente y el líquido negro me abandonó. Miré a mi alrededor, encontrando todo tal cual estaba menos el jarrón donde estaba la rosa, que estaba roto. Aunque ocurría algo más; la rosa ya no estaba, había desaparecido por completo... Igual que la sombra humana.
Al fin reaccioné y moví mis pies. Me sentía aturdida, pero con un ardiente deseo de descubrir qué estaba pasando.
Pasaron 5 minutos y no se me quitaban de la cabeza mis 6 compañeros en el hospital. A ellos les habría pasado lo mismo que a mí, pero continuaban sin despertar. De forma extraña iban apareciendo al fin vagos recuerdos desordenados de mi vida, y con ellos muchos momentos con estos 5 compañeros hacia los que empezaba a sentir mucho afecto.
Finalmente me senté en un rincón del salón y me dispuse a esperar. Pensé que esperar sería lo mejor, ya que si había alguien, en algún momento debía moverse o salir. Recordé entonces que la mancha negra no había desaparecido, sino que había huido cuando el jarrón se hizo trizas. Continué sentada en el suelo y apoyada en la pared mucho rato... Se escuchaban los quejidos de la madera de la casa, pero nada más. Yo esperaba escuchar pasos, una tos, algún murmullo, pero nada.
Ya no podía esperar, mi impaciencia superaba a la sensatez, así que me levanté y examiné palmo a palmo la casa sin encontrar nada extraño. Había revisado cada esquina, cada habitación, cada rincón... y solo había encontrado un baúl. Lo cogí y lo abrí.
-¿Pero qué...?
Rosas negras. ¡Estaba lleno de rosas negras secas!
Sí, era extraño, pero ese hallazgo no descubría ningún misterio. En ese momento, me fijé en que me faltaba una cinta que siempre llevaba en la muñeca, pero no le di importancia ya que la podría haber perdido en cualquier momento. Finalmente y con desilusión por no saciar la intriga que me había producido todo el misterio de aquella casa, salí de allí y corté 6 rosas negras.
Me dirigí al hospital y dejé a cada compañero una rosa negra en la mesilla que tenían junto a su cama con una nota esperando que mejorasen.
Sin más me fui a casa para dormir tranquila e intentar no pensar en el asunto de la casa y esas dichosas rosas negras que tantos quebraderos de cabeza me habían dado. Entré, y cuando llegué a mi habitación, se me sobrecogió el corazón: encima de la cama había una rosa negra, y ésta tenía mi lazo blanco atado al tallo.




Comentarios sobre Rosas negras (3) Final {Definitivo}
Sígueme... has clíc aquí>>>Tu pareja del blog...
Está mu bien primita. En mis tiempos también alucinaba con las historias de misterio e intriga. Es tan difícil dentro del marasmo comercial y de los cliches encontrar perlas de autenticidad que te hagan sentir su originalidad. Me ha gustado, sobre todo ese final cortante y que te deja en ascuas. Por cierto, ya que estamos con las flores, para que lo sepas hay un aventurero tipo zorro que se llama "El tulipán negro" jeje. Besos
me gustan mucho las rosas negras y son preciosas para mi.